jueves, 28 de agosto de 2008

JUAN RAMÓN MOLINA (1875-1908)

Poeta modernista de gran sensibilidad, ejerció el periodismo y cultivó el cuento. La obra de Molina ha sido valorada favorablemente por escritores como Miguel Ángel Asturias, Rubén Darío, Rafael Heliodoro Valle, Max Henríquez Ureña, Hugo Lindo, William Chaney y Enrique González Martínez, entre otros.

PESCA DE SIRENAS

Péscame una sirena, pescador sin fortuna,
que yaces pensativo del mar junto a la orilla.
Propicio es el momento, porque la vieja luna
como un mágico espejo entre las olas brilla.

Han de venir hasta esta ribera, una tras una,
mostrando a flor de agua el seno sin mancilla,
y cantarán en coro no lejos de la duna,
su canto, que a los pobres marinos maravilla.

Penetra al mar entonces y coge la más bella,
con tu red envolviéndola. No escuches su querella,
que es como el llanto aleve de la mujer. El sol

la mirará mañana –entre mis brazos loca–
morir –bajo el divino martirio de mi boca–
moviendo entre mis piernas su cola tornasol.

SALUTACION A LOS POETAS BRASILEROS

Con una gran fanfarria de roncos olifantes,
con versos que imitasen un trote de elefantes
en una vasta selva de la India ecuatorial,
quisiera saludaros -hermanos en el duelo-
en las exploraciones por la tierra y el cielo,
en el martirologio de los circos del mal.

Mi Pegaso conoce los azules espacios.
Su cola es un cometa, sus ojos son topacios,
el rubio Apolo y Marte cabalgarían en él;
relinchará en los céspedes de vuestro bosque umbrío,
se abrevará en las aguas de vuestro sacro río,
y dormirá a la sombra de vuestro gran laurel!

Venir pude en la concha de Venus Citerea,
sobre el áspero lomo del león de Nemea,
en el ave de Júpiter o en un fiero dragón;
en la camella blanca de una reina de Oriente,
en el cuerpo ondulante de una alada serpiente,
a bordo de la lírica galera de Jasón.

O en la fornida espalda de un genio misterioso,
o envuelto en la vorágine de un viento proceloso,
o de una negra nube en el glacial capuz;
en la marea argentina de una luna de mayo,
asido del relámpago flamígero de un rayo,
o con los duendes gárrulos que juegan en la luz.

Mas en Pegaso vine desde remotos climas,
señor, príncipe, rey o emperador de rimas
sobre el confuso trueno del piélago febril:

¡Salve al coro de Anfiones de estas tierras fragantes!
¡A todos los orfeos del país de los diamantes!
¡A todos los que pulsan su lira en el Brasil!

Tal digo, hermanos míos en la prosapia ibérica.
Saludemos la gloria futura de la América,
que todas las espigas se junten en un haz.
Unamos nuestras liras y nuestros corazones,
que ha llegado el crepúsculo de las anunciaciones,
para que baje el ángel de la celeste paz!

Augurio de ese día se ve en el horizonte.
Hoy tres aves volaron desde un florido monte;
yo las miré perderse en el naciente albor:
un cóndor –que es el símbolo de la fuerza bravía–
un búho –que es el símbolo de la sabiduría–
y una paloma cándida –símbolo del amor–.

Dijo el Cóndor, gritando: la unión da la victoria,
el búho, en un silbido: el saber da la gloria,
la paloma, en su arrullo: el amor da la fe.
Yo –que escruto el enigma de nuestro gran destino–
ante el casual augurio del cielo matutino
siguiendo los tres pájaros en éxtasis quedé.

Pero Pegaso aguarda. Sobre su fuerte lomo
gallardamente salto en un instante, como
el Cid sobre Babieca. Me voy hacia el azur.
¿Acaso os interesa mi suerte misteriosa?
¡Buscadme en mi magnífico palacio de la Osa,
o en mi torre de oro, junto a la Cruz del Sur!



RIO GRANDE
A Esteban Guardiola

Sacude, amado río, tu clara cabellera,
eternamente arrulla mi nativa ribera,
ve a confundir tu risa con el rumor del mar.
Eres mi amigo. Bajo tus susurrantes frondas,
pasó mi alegre infancia, mecida por tus ondas,
tostada por tus soles, mirándote rodar. . .

Presa fui del ensueño. Tus guijarros brillantes
me parecían gruesos y fúlgidos diamantes
de un Visapur incógnito de rara esplendidez;
y –en sonoro y límpido cristal de luna llena–
el espejo de plata de una falaz sirena
de torso femenino y apéndice de pez.

¡Oh infancia! ¡Quien te hubiera parado en tu camino!
Dueño era de la lámpara de iris de Aladino,
de su mágico anillo, de su feliz candor:
como él, tuve pirámides de gemas fabulosas,
un alcázar magnífico, mil esclavas hermosas,
y fue mi amada la hija de un gran emperador.

Más, todo fue más frágil y breve que tu espuma,
más efímero y vago que la temprana bruma,
que sube de tus aguas hacia el celeste azur;
arenas confundidas en tu glacial corriente,
pájaros errabundos que buscan lentamente
las vírgenes florestas que bañas en el Sur.

Lejos de estas montañas, en un lugar distante,
soñaba con tu fresca corriente murmurante,
como en la voz armónica de una amada mujer;
con tus ceibas y amates y tus yerbas acuáticas,
con tus morenas garzas, inmobles y hieráticas,
que duermen en tus márgenes al tibio atardecer.

Cuando volví a mirarte el opio del hastío
me envenenaba; pero tu grato murmurío,
tornó a dar a mí espíritu una sedante paz:
lavaste con tos olas agrias levaduras,
mi corazón llenaste de cándidas ternuras,
y una nueva sonrisa iluminó mi faz.

Amo tus grandes pozas de tonos verdioscuros,
tus grises arenales y los peñascos duros,
con los que a veces trabas una furiosa lid;
y tus abrevaderos, que cubren enramadas,
donde su sed apagan las tímidas vacadas,
como en las fuentes bíblicas el ciervo de David;
las flores de tus ásperos y espesos matorrales,
tus islotes, cubiertos de espinos y chilcales,
y los musgosos árboles que en tu margen se ven,
el gránulo de oro que en tus arenas brilla,
la raíz que como sierpe se sumerge en tu orilla,
la rama que te besa con rítmico vaivén.

Tus aguas salutíferas me dieron nueva vida.
Infatigable buzo, perseguí en su guarida
a la ligera nutria debajo del peñón;
crucé con fuerte brazo tus remolinos todos,
conocí los peligros que ocultan tus recodos
y me dejé arrastrar de tu canturia al son.

A veces, en las tardes, con perezoso paso
he seguido tus márgenes, que el sol, desde el ocaso,
dora con los destellos de su postrera luz,
presa de una profunda, tenaz melancolía,
tejiendo ensoñaciones de vaga poesía,
que mi Tabor ha sido, pero también mi cruz!

¿Qué dicen los polífonos murmullos de tus linfas?
¿Son risas de tus náyades? ¿Son quejas de tus ninfas?
¿Pan tañe en la espesura su flauta de cristal?
Oigo suspiros suaves . . .gimen ocultas violas. . .
alguien dice mi nombre desde las claras olas,
oculto en los repliegues del líquido raudal.

¡En vano estoy inquieto, clavado en tu ribera!
No miraré, ¡oh náyade! tu verde cabellera,
ni el jaspe de tus hombros, ni el nácar de tu tez;
sólo percibo, bajo la superficie fría,
–joyel de una cambiante y ardiente pedrería–
cual súbito relámpago, un fugitivo pez.

De noche ­­­–en esas noches solemnemente bellas–
una por una bajan del cielo las estrellas
medrosas, en tu tálamo de aljófar a dormir;
y cuando se despierta la virginal mañana,
vestida con su túnica magnífica de grana,
huyen a sus palacios de plata y de zafir.

En los postreros meses del tórrido verano
semejas un medroso y claudicante anciano,
de empobrecidas venas y de cascada voz;
tus árboles parecen raquíticos enfermos,
tus eras se transforman en miserables yermos,
segadas por el filo de una candente hoz.

Por todos lados hallan los encendidos ojos,
lajas resplandecientes, misérrimos rastrojos
y pedregales agrios donde te encharcas tú;
duermen las lagartijas su siesta en los barrancos,
y la torcaz del monte –en los escuetos flancos–
se queja bajo un cielo de vívido tisú.

Más ya las nubes abren sus lóbregas entrañas:
un diluvio benéfico desciende a las montañas,
cien arroyos hirvientes hasta tu cauce van;
arrastras en tu cólera los más robustos troncos,
y sacudiendo peñas y dando gritos roncos,
pareces el hermano del hórrido huracán.

Pláceme así mirarte cuando a tu orilla acudo,
cuando me precipito –enérgico y desnudo–
en tus revueltas aguas que reventar se ven;
y aspiro de tus bosques el capitoso efluvio
y pienso que eres una corriente del diluvio
que fragorosa bate mi palpitante sien.

Porque amo todo aquello que es grande o que es sublime:
el águila tonante, no el pájaro que gime,
el himno victorioso, no el verso femenil;
las mudas, y solemnes, y vastas soledades,
los lúgubres abismos, las fieras tempestades,
todo lo que es soberbio, grandioso o varonil!

Te amo por eso cuando con vigorosas alas,
te cruza –mientras turbio y aterrador resbalas–
lanzando ásperos gritos el martín pescador;
y, columpiando agrestes parajes nemorosos,
vas a asustar los viejos caimanes escamosos,
tendidos en la costa con plácido sopor.

Sigue rodando, oh río, por tus eternos cauces,
ve a endulzar del enorme Pacífico las fauces,
sé un manantial perenne de vida y de salud;
muy pronto iré a tu orilla, con ánimo cobarde,
bajo la paz augusta de una tranquila tarde,
a recordar mi loca y ardiente juventud.

Mañana –cuando me haga sus misteriosas señas
la muerte– bajo un lote de cardos y de breñas,
en una humilde fosa tendré que reposar;
sin que ninguno inscriba, pues de verdad nadie ama,
sobre una piedra mísera y tosca un epigrama
piadoso, que a las gentes convide a meditar.

Pero mi oscuro nombre las aguas del olvido
no arrastrarán del todo; porque un desconocido
poeta, a mi memoria permaneciendo fiel,
recordará mis versos con noble simpatía,
mi fugitivo paso por la tierra sombría,
mi yo, compuesto extraño de azúcar, sal y hiel.

Envuelto en un solemne crepúsculo inefable,
dirá tal vez pensando en nuestro ser variable:
"Cual nuestro patrio río su espíritu fue así:
soberbio y apacible, terrífico o sereno,
resplandeciente de astros y túrbido de cieno,
con rápidos, y honduras, y vórtices". Tal fui.

Tal fui, porque fui hombre, oh soñador ignoto,
pálido hermano mío, que en porvenir remoto
recorrerás las márgenes que mi tristeza holló.
¡Que el aire vespertino refresque tu cabeza,
la música del agua disipe su tristeza
y yazga eternamente, bajo la tierra yo!



AGUILAS Y CÓNDORES
A Alejo Lara.
Para ti, gran inteligencia y gran corazón, que -en el augusto
silencio de la amistad- enfloraste mi lira y me tendiste
la mano. -Mi espíritu augur- a través de la diaria vida
mediocre- hace un signo a tu alma patricia -
veneta o florentina- triplemente capaz de amar, sentir y comprender.
J. R. M.


Portaliras ilustres de nuestro Continente:
miremos el futuro con ojos de vidente,
con ojos que irradiasen –de sus cuencas sombrías–
la luz de las más grandes y fuertes profecías;
la luz de Juan –con su águila y su delirio a solas–
frente al eterno diálogo de las convulsas olas,
que oyeron bajo un cielo de horror y cataclismos
las cosas que le dijo la lengua del abismo;
voces de Dios: hipérboles, parábolas y elipsis,
¡que truenan en el antro del negro Apocalipsis!

¿Hermanos no seremos en la América? Todos
nacimos de gérmenes vitales de los lodos:
desde el rubio hiperbóreo que en el norte domina
hasta el centauro indómito de la pampa argentina,
que rige los ijares de su salvaje potro
como las ruedas rítmicas de su máquina el otro,
cual si quisieran ambos –henchidos de arrogancia–
suprimir el obstáculo del tiempo y la distancia.

Para Dios –que los orbes con su palabra crea;
que, antes que el viejo cosmos, hizo el fiat de la idea,
dando así –en la medida de su alto pensamiento–
más valor a una sílaba que a todo el firmamento,
porque hay una mecánica más divina y completa,
en una hermosa idea que en el mejor planeta;
para ese Dios que todo lo ve, lo pesa o traza,
no hay en el Nuevo Mundo más que una sola raza,
raza que tiene sones de próxima marea
a los pies de los Andes: muralla ciclopea,
dragón en cuyo dorso se erizan cien volcanes,
que barre con su apéndice el mar de Magallanes,
y tritura en sus dientes –en la región del bóreas–
un enorme oso blanco: las tierras hiperbóreas.

¿Quién habla de conquistas fatales? El destino
nos lleva a grandes pasos de luz por el camino
que se hunde en las abruptas gargantas de la historia.
Calienta nuestros éxodos un almo sol de gloria;
de otras razas cargamos los cíclicos escombros
para oprimir en ellos nuestros hercúleos hombros;
cortamos en los bosques las más ilustres palmas;
fundimos en las almas antiguas nuestras almas;
seguimos, como norma de vida, los ejemplos
máximos; el Dios único se adora en nuestros templos;
somos los herederos de un mundo amortajado:
¿Qué hacer con ese enorme depósito sagrado?

¡Un manantial de bienes, magnífico y fecundo!
Cuando Dios nos donara este soberbio mundo;
cuando trazó a Colombo su misteriosa estela,
soplando –desde el cielo– la lona de su vela;
cuando le envió –del fondo de incógnitas orillas–
como señal de tierra, sus algas amarillas;
cuando empujó benigno, con invisibles manos,
la popa en que los graves patriarcas puritanos,
confiándose en su Biblia, iban cantando en coro,
sobre las turbias aguas del piélago sonoro,
para –que en la enormes y hostiles soledades–
alzaran sus soberbias y cíclicas ciudades;
cuando envió sus ciclones y sus borrascas fieras
a Cabral –arrojándole a costas brasileras–
para que las sublimes trompetas de la fama
proclamasen su nombre con el del alto Gama,
y el genio lusitano brillara prepotente
desde el remoto Oriente al lejano Occidente,
no fue para dar vida a razas de Caínes:
¿cómo iban a ser esos sus misteriosos fines?

Fue para que –de América en el feliz regazo–
nos diéramos eterno y fraternal abrazo
de amor –de los dos mares al gigantesco arrullo–;
de sus florestas tórridas al lírico murmullo,
donde el Pan del futuro ensayará su flauta
ajustando sus sones a una divina pauta de paz.
Junto a los ríos de milenarios cauces,
donde abrevar pudieran sus sitibundas fauces,
sin que faltara un átomo de su raudal ameno
¡los corceles de Atila, de Tamerlán y Breno!

¡Razas del Nuevo Mundo! Pueblos americanos:
en este continente debemos ser hermanos,
bajo el techo de estrellas de nuestro Eterno Padre
la madre de nosotros es una misma madre,
es una misma Niobe, que nos brindó su seno,
de calor y de leche, y de dulzura lleno;
inagotable seno cuyo licor fecundo
dará la vida a todos los huérfanos del mundo.

Que la discordia huya de esta fragante tierra;
cerremos las dos puertas del templo de la guerra;
en el Tártaro ruede la Caja de Pandora.
¿Acaso nos alumbra una feliz aurora?
Ya despuntó. Un Apolo más joven y bizarro
sujeta a su cuadriga el argentino carro.
Parte como un relámpago. En el azul sereno
repercute su fuga como un alegre trueno.
Una luz de milagro en el Oriente asoma.
Voló del arca sobre la tierra una paloma
para escrutar el légamo de los viejos diluvios.
Un viento matutino, pletórico de efluvios,
sobre todas las frentes de la América avanza.
Cada pecho es como urna de paz y de esperanza;
florecen nuevas rosas en agresivos cardos;
las llagas se suavizan con ungüentos de nardos;
los crótalos de la ira no vierten sus ponzoñas;
aceites de consuelo se ven en las carroñas;
Caín –con su salvaje melena alborotada–
no blande enloquecido su criminal quijada;
un cántico armonioso preludian las mareas.
¿Qué miro?
Grandes hordas de pueblos y de ideas
viven sobre la música de las mareas sordas;
revueltas muchedumbres, cosmopolitas hordas,
y gentes, y mesnadas y pueblos y naciones.
Escucho la pisada febril de sus talones,
el latir de su pechos hirvientes como fraguas
sus lenguas; como el grave rumor de muchas aguas;
oigo sonar sus místicos y melodiosos bronces
glorificando al Dios del Universo. Entonces
El ha de ver –del fondo de su divino cielo–
pasar, bajo las nubes, un fragoroso vuelo,
un gran tropel de pájaros de gritos resonantes:
una bandada de águilas y cóndores gigantes,
unánimes, encima de los más altos montes,
perdiéndose en sublimes y azules horizontes.
¡Y ante esa visión de aves, fortísimas y hurañas,
tendrá como un gran gozo de miel en las entrañas!


El Chele (cuento)

Cuando ella le llevó el almuerzo —un plato de cocido hecho de prisa — aguardábala a la reja, agarradas las manos a los barrotes. Era un mocetón membrudo, tirando a rojo, de mandíbulas fuertes, velloso como un perro de aguas, de barba viril. Un macho como pocos.
La hembra se acercó, ritmando con las caderas, de amplio paréntesis, la estrofa del amor carnal. Era de mediana estatura, trigueña, rica de carnes, fresca como una sandía. Terciado el pañolón café, haciendo chillar los botines, pasó entre los soldados, despidiendo de su enagua una brisa ardiente y perturbadora, impregnada de perfumes baratos.
Chico —dijo ronroneando la voz como gata—, aquí está el almuerzo.
¿Por qué has venido tan tarde?— replicó el reo con una voz entre áspera y dulzona.
—No pude estar antes. Tengo mucho que hacer.
¡Mentira! Es que vivís entretenida con ese tinterillo. Ya se que me seguís engañando. Pero ve, por Dios —hizo una cruz con la diestra y la besó— que te doy una lección cuando salga de este enchute. Y lo que es a él... Aquí la cara del Chele hizo un gesto feroz, enarcándose las pobladas cejas de sus ojos atigrados.
—A él —siguió iracundo— lo degüello con éste. — Y a hurtadillas de los soldados sacó un cuchillo, no se sabe de dónde, terriblemente afilado. — Lo degüello, ya lo sabes.
En la faz de la mujer se pintó una mezcla de miedo y de odio. Ésta, de repente, tiró al suelo el almuerzo, alejándose de la reja.
—Oíme, negra —gimió él arañando los barrotes—; oíme un momento.
Más ella, caminando precipitadamente, como a pequeños saltos, ganó la entrada de la guardia.
—Oíme, negra, oíme, te lo suplico. Párate un poco.
Ella iba a desaparecer, zangoloteando la pulpa de las redondas posaderas; mas de pronto se volvió, gritando con voz irritada, escupiendo las palabras:
— ¡No, no vuelvo, entendelo! Quédate en la jeruza para siempre. Ya no quiero más guasangas con reos, ¿lo oís?, con reos, porque tengo hombre que me dé. Y me da aritos: ¡velos! Y pañolón: ¡velo! —Y descubrió el busto, agitando al aire el trapo, mientras sus ubres, sudorosas por la emoción, temblaban en la camisa como si fuesen de gelatina. —Y botines: ¡míralos! —y enseñó el calzado amarillo, sobre el que caía la media azul, mostrando al mismo tiempo algo de la carnosa pantorrilla, con una suave vellosidad de durazno. Luego, volviendo el fuste desdeñosamente, desapareció.
—!Templada la negra! —dijo el cabo cuando se fue, entre las carcajadas de los soldados.
—Y qué... e hizo seña de masonería indecente, que produjo otra explosión de risas.
Chico Ramírez, el Chele, volviéndose más taciturno desde entonces. Arreglo su manutención con la mujer de otro presidiario, pasándose las horas fumando cigarrillos de tusa, o viendo obstinadamente al suelo. No pensaba más que en Tomasa, en la negra, acordándose del día en que se la trajo robada, como dicen, de Cedros. La muchacha, que era más ardiente que una cabra, cedió a sus primeras proposiciones, viniéndose a Tegucigalpa con él, donde sentó plaza de inspector de policía. Luego le echaron del puesto porque un día, que estaba de malas pulgas, con la clava le abrió la cabeza a un borracho que le echaba mueras al gobierno, sin querer caminar. Así se encontró sin empleo, viviendo con la amasia en un cuartucho de La Plazuela.
Pero la quería, a pesar de las sopapinas que le daba en sus jumas, antes de sumergirse en sus letargos comatosos, y concibió el plan de llevársela a la Costa Norte, a probar fortuna.
Ella, al saberlo, dijo que no, que no y que no.
—¡ah!-exclamó Chico, furioso—: es que estás emberrenchinada con ese maldito estudiante. Pues sabé una cosa: si los hallo juntos, por estas cruces, que los mato a los dos: por éstas. Y me largo enseguida a rodar tierras, mientras te podrís.
Y un día les halló, en el quicio de la puerta, sobiqueándose y besuqueándose... Sacó el cuchillo, echando más jotas que un carretero; pero sólo logró darle al mozalbete un rasguño, así, de un Jeme porque el tal huyó con piernas de venado. Capturó la policía al Chele, y como el otro sabía de jota intríngulis de derecho, dio con él en la penitenciaría, condenado a dos años y meses de cárcel.
Más de un año no supo de la Tomasa, de la negra, —Ya se endamó con otro —decían los reos, hurgándole, sin que dijese nada, porque sabía que era ciertísimo.
—Las mujeres así, Chele, no pueden vivir sin hombre —le soltaba un veterano del crimen, encanecido en la cárcel, que tenía un rayón desde un ojo hasta el hocico, donde no faltaba la apestosa.
—No pensés en esa gallina —seguía mansamente: no pensés y consolate. Por cada peso falso, hay cien mujeres que sólo falta que se les diga: ¡adiós, cosita! para llevárselas uno.
Pero el Chele, ni por esas. La amaba de un modo animal, a lo bestia en celo, aumentando su pasión la forzosa castidad de la cárcel. La quería siempre, acordándose de todo lo que le había hecho sufrir y gozar. Cuando cumpliese su condena, iría a verla, perdonándola. ¿Cómo perder aquel cuerpo que había hecho vibrar como una guitarra? --Mía o de nadie, pensaba Chico, contando los reales ahorrados.
El día en que cumplió su condena, lloró de gozo. Diéronle libertad a otros dos reos, y celebraron el acontecimiento en un estanco de La Ronda, bebiéndose la cuarta parte de un garrafón. Iba a salir dando traspiés, cuando pasó frente a él un joven, en el que reconoció a la luz del farol, a su odiado rival.
—¿A dónde iba? A verla, seguramente. Pidió una botella de aguardiente, bebiósela en seis tragos, y haciendo eses, golpeándose contra las paredes, trató de dar alcance al muchacho. Caminaba frenético, embrutecido.
Le alcanzó a los pocos minutos. Sí, era él. ¿Con que la Tomasa —iba pensando en su cabeza sudorosa, llena de alcohol —prefiere a este tipo amujerado, a este chancletudo sinvergüenza, y desprecia a un hombre como el Chele? Ya vería esa tal; ya vería. Los mato, por Dios que los mato. No lo despacho ya, porque quiero acabar con los dos. Sí, con los dos.
Diluviaba ligeramente. El estudiante, sintiéndose seguido, apresuró el paso; mas el Chele, aunque completamente beodo, le seguía a grandes zancadas. El otro echó a correr, ganando media cuadra, y se metió al cuarto de la Tomasa, de la negra, que aplanchaba una camisa.
— ¿Qué es?— dijo ella con susto.
—Un hombre me viene siguiendo; está bien bolo. Cerró.
La puerta cerróse violentamente, en los momentos en que llegaba Chico.
—Abran —rugió empujando—. Abrí, maldita: yo te voy a enseñar. Decile a ese maricón que salga, si es hombre. ¡Abrí! Aquí estoy, sinvergüenza. Y vociferaba insultos horribles.
La puerta, débil y carcomida, estaba para ceder a los esfuerzos del borracho, cuando éste, perdiendo la cabeza, rodó pesadamente sobre el empedrado, a la media noche pasó una ronda, y el oficial, viendo aquel hombre tendido, encendió un fósforo.
Tenía el rostro horriblemente desencajado, las uñas clavadas en las palmas de las manos, y en la boca medio oculta en la maleza de su barba rojiza, un copo de espuma sanguinolenta. Lo movió enérgicamente. ¡Estaba muerto!