miércoles, 22 de abril de 2009

¿UN DÍA DESPUES O QUINIENTOS AÑOS ATRAS?

Jorge Luis Oviedo

Para entender los debates que se producen en Honduras hay que tener conciencia de la sociedad en que vivimos, aunque algunos hagamos uso, por necesidad o mero placer de las más avanzadas tecnologías, la mentalidad que prevalece en nuestra sociedad es marcadamente mágica, esto es, mayoritariamente se deja llevar, como el ciego, por su lazarillo, con enorme docilidad, aceptando o dando por válidas aquellas explicaciones que sirvieron a sus bisabuelos hace cien, doscientos o quinientos o más años.
Con decir está escrito en la Biblia o lo dijo fulano, un fulano que se ha erigido como conductor de masas desde la religión o la política o desde ambas actividades (que ciertamente tienden a ser muy similares) las personas de pensamiento sencillo, es decir, aquellos que tienen dificultad para interpretar hechos o, todavía más grave, cierto tipo de discursos o discusiones teóricas; encuentran como más práctico no complicarse la vida (la mente, en el pensar y el actuar) y por ello adoptan el dogmatismo y no la racionalidad para asumir la conducción de sus vida.
Con este tipo de mentalidades no se puede debatir, es imposible, porque todo lo que es contrario a su verdad reveleda por las divinidades a mortales especiales, como los santos o los jefes religiosos, confunde, causa duda o espanto, ruptura con la tradición; por tanto es inaceptable.
Ante la falta de racionalidad, de explicaciones lógicas y del conocimiento comprobable de la realidad, suceden hechos como los que se producían en la Europa Medieval o en la América Colonial. Entonces no era extraño enjuiciar perros, gatos, ratas, cerdos, burros y otros animales domésticos que provocaban daños físicos o materiales a la personas. Por otra parte, a los suicidas se los castigaba, como se haría con un criminal vivo de la peor calaña. Para mera ilustración de los lectores veamos este pasaje que brinda Rafael Heliodoro Valle, en uno de sus muchísimos libros: “El suicida no era sepultado en campo-santo. Tal Sucedió en 1649 cuando en la cárcel de Conté un portugués, que había matado a un alguacil, fingiéndose enfermo se bajó a las secretas, y se suicidó mientras oían misa los otros reos: como era día de Santo Tomás castigaron el cadáver montándolo en una mula, y, a voz de pregonero y ruido de trompeta que proclamaban su delito, lo pasearon así por la calle del Reloj y frente a las casas arzobispales, sosteniéndolo un indio que iba a las ancas; y luego lo llevaron a la horca pública donde fue ejecutado con las ceremonias que se empleaban al ahorcar a los vivos (menos la presencia del crucifijo), y allí lo dejaron muchas horas, habiéndolo bajado los ministros de justicia que lo arrojaron a la albarrada después de que lo apedrearon los muchachos de la vecindad, mientras hacía aire fuerte y el polvo se arremolinaba en la ciudad, y haciéndole cruces lo creían Satanás.” (Rafael Heliodoro Valle, El Espejo Historial).
No está de más recordar que en aquellos agitados días en que Morazán vio fracasar su intento por mantener unida Centro América, junto con quienes lo acompañaban en tal empeño, el clero opositor hizo creer a la masa más ignorante, especialmente de Guatemala, que la propagación del cólera que estaba provocando estragos en la población era consecuencia del envenenamiento de los ríos que habían realizado Morazán y sus seguidores.
En el pensamiento, pues, de muchas personas no hay antes ni después, sino tiempo muerto, ideas que se aceptan porque ya otros, sin saber por qué ni cómo, las dieron por válidas y con eso basta.
En Honduras no se debate, se grita, se gesticula, se prodiga una verborrea de tal calibre que, es muy posible, que la saliva que se gasta en las radios y las televisoras, bien podría servir para dar riego a unos cien mil hectáreas de hortalizas durante la época seca.
El debate sólo es posible en pequeños círculos académicos donde esta dinámica se aprecia y se practica con tolerancia, respeto y pasión; sin que la pasión caiga en ese extremismo de algunos o algunas que están de acuerdo con el pluralismo, siempre que no sea contrario a lo que ellos o ellas piensan o proclaman; muy similar, por cierto, al pluralismo de un ex general hondureño que aceptaba la pluralidad de tendencias ideológicas siempre que fueran anticomunistas.
Así, la Constitución de Honduras, es decir su declaración de principios, sólo tiene sentido cuando no violenta las creencias de algunos sectores; pues aunque se diga que el Estado hondureño es laico y que existe la libertad de culto, la libertad de expresión, desde el Congreso Nacional se hace lo contrario de lo establecido en la Constitución de la República, es decir, en la declaración de principios, puesto que se aplasta la libertad de conciencia, de la cual deriva, como es bien sabido, la libertad de culto, la libertad de expresión y todas las demás libertades que un ser humano puede ejercer.

miércoles, 25 de marzo de 2009

RAFAEL HELIODORO VALLE

MORAZAN REFORMADOR

Inspiradas por Morazán, o directamente promovidas por él fueron posibles en Centro América, desde 1829 hasta 1842, las siguientes reformas:
1829. La asamblea de Honduras decreta la abolición del diezmo. Desamortización de los bienes de las comunidades religiosas. Se establecen la primera imprenta en Honduras.

1830. Roatán es devuelto a Centro América por Inglaterra, gracias a las gestiones de Barrundia y este logra que se adopte el Código de Livingston, que había traducido. Se funda la Academia de Ciencias, reuniendo en ella la Universidad de San Carlos, el Protomedicato y el Colegio de Abogados. Se frustra (sic.) el intentó de reconquista española emprendido desde Cuba, con la complicidad de traidores centroamericanos.
1832. Se funda en Guatemala la Escuela Normal de Maestros y las cátedras de Cirugía y Matemáticas.

1834. La asamblea de Honduras decreta la libertad de imprenta.

1835. El Congreso Federal decreta la libertad de conciencia.

1837. La Asamblea de Guatemala expide la ley de divorcio y decreta la libertad de testar. Se amortiza en Honduras la moneda provisional.

Sobre estas reformas ha dicho, con gran acierto, el historiador mexicano Luis Chávez Orozco, lo siguiente: “cuando en México, el sudamericano Vicente Rocafuerte vivía oculto por haberse atrevido a publicar un folleto en que tímidamente sostenía la tesis de la tolerancia religiosa, en Centro Américo se decretaba en mayo de 1832”,
“Cuando uno de los capítulos mas importantes de la Memoria del Secretario de Justicia y Negocios Eclesiásticos de México lo constituía el tema de la recaudación de diezmos, en Centro América se decretaba la abolición de este atributo;
“Cundo en Centro América se decretaba la desamortización de los bienes de comunidades religiosas en 28 de julio de 1829, en México estaba a punto de escalar el poder la administración que mayores concesiones hizo el clero”;
“Cuando en México se confesaba el Gobierno incapaz de reformar la educación superior y se entregaba en manos de particulares la elemental, en Centro América se dictaban los decretos de 9 de junio de 1830 y de 1º de marzo de 1832. Ahora bien, ambas disposiciones, pero sobre todo la segunda, significan, dentro del movimiento cultural de la América Latina, la primera formula legislativa para estructurar la educación popular en un sentido francamente democrático. El espíritu de esta ley, comparable con la que reformó la educación nacional francesa, inspirada por Condorcet y aprobada en abril de 1792 por la Asamblea Legislativa, fue para México el apoyo ideológico gracias al cual los Gómez Farías y los Mora y los Goroztiza y los Rodríguez Puebla, se entregaron a la empresa de redactar la ley de octubre de 1834, creadora de la fecunda Dirección General de Instrucción Publica”.
“No acierta uno a saber quien subió mas alto. Mientras Morazán y los hombres que se movían a su alrededor desquiciaban la estructura feudal centroamericana, haciendo de la educación un instrumento para forjar una sociedad democrática mas justa y mas humana. Bolívar, en el Sur, se preparaba a morir garantizando para el futuro de la América nuestra el advenimiento de un régimen de libertad. Ni mas arriba ni mas abajo –Morazán esta al par de Bolívar y nosotros los hermanamos en un sentimiento de veneración-.
Morazán no fue militar de escuela, pero si gran guerrero. Escritor Político, en sus mensajes y proclamas campean énfasis y elegancia. Generoso con sus enemigos, no fue cruel, como la mayoría de los caudillos hispanoamericanos. Su “talento y sus modales insinuantes” eran magnificados por su valor en la guerra y en la paz”. Los hombres mas importantes de Centro América fueron sus mas fieles secuaces: Dionisio de Herrera, Trinidad Cabañas José María Gutiérrez, Gerardo Barrios, Diego Vigil, José María Saravia, Isidro Menéndez, Miguel Álvarez Castro, Máximo Orellana; y sus continuadores ideológicos han sido también los mejores hombres de Centro América: Máximo Jerez, Miguel García Granados, Justo Rufino Barrios, Francisco Menéndez, Marco Aurelio Soto, Ramón Rosa, Céleo Arias, Policarpo Bonilla.
Si se ahonda en el estudio de las ideas de Servando Teresa y Mier y de Joaquín Fernández de Lizardi, en las de los intelectuales de la insurgencia argentina, las del peruano Toribio Rodríguez de Mendoza –el reformador del Convictorio Carolino- las de Francisco Miranda y las del ecuatoriano Vicente Rocafuerte, puede ser que el historiador del ideario político de América encuentre allí los primeros esquemas de una lucha que aun no llega al epilogo, pero es evidente que Morazán fue el corifeo en quien la acción y el pensamiento renovadores se vincularon con profunda historiedad.

jueves, 19 de marzo de 2009

PADRE, poema de Jorge Luis Oviedo

A mi padre, Augusto César Oviedo

yo nunca sufrí por frío
yo nunca sufrí por hambre
porque vos eras mi dios
en mi pequeño y seguro paraíso
por eso nunca me fui
al temprano exilio
como Adán y Eva
a buscar el pan
que nunca ha faltado en casa
(otros hijos de sus padres
jamás podrán decir lo mismo)

bajo tu sombra
fresca
como el aroma
que el viento arrastra de los pinos
era fresco el verano

con tus abrazos
tibios y tiernos
era cálido el invierno
quién si no tú me enseñó
lo que es el paraíso
bastaba con alargar la mano
para encontrar los frutos
y ninguno era prohibido
mangos magníficos
enormes
y de un amarillo encendido
la concha parecía de oro
y la pulpa jugosa

los delataba el olor

la casa jamás olía a rincón
a la humedad de las aguas podridas
sino a frutas
a frutas de todos los días
a frutas de tu paraíso escondido
cosechadas de los árboles
que tu mismo habías plantado
y les habías dado un nombre incluso
para distinguirlos
para que supieran que les tenías afecto
para que se distinguieran
de los otros árboles
de los que crecieron solos
sin padre y sin cariño
como niños huérfanos
a la buena de Dios
y que tratabas como a hijos

y los árboles
como si entendieran de amor
para devolver el cariño
los cuidados
la tierra aporcada
el estiércol
que vos mismo cargabas
y a veces yo
(entonces era tan chico
pero te seguía más que tu sombra
por aquellos caminos)
te ayudaba a estorbar
para que comieran los árboles
y les brillaran las hojas
y olieran más intenso sus flores

y al final
al cabo de los años
mientras yo seguía
pequeño
ellos habían crecido
y daban más frutos
todos los años
contentos contigo


y tú nos decías:
“son agradecidos
los árboles
y los animales
son agradecidos
el mundo es agradecido”

yo recuerdo un árbol
de aguacate
vos mismo lo injertaste
y luego que salió el retoño
me lo enseñaste
y no había día
que no lo mimaras
como si fuera un niño
como me mimabas a mí
como mimabas a Cito
a Bel
a Luz
a Ceci
a Francisco

cargabas el agua
( el agua es la vida decías)
cuando de sed y tristeza
se le apagaban las hojas
y se ponía marchito
en los días más secos del verano

y cuando se hizo grande
dio unos frutos enormes
que la gente decía:
“pucha, don Tito
son tan grandes como los que
Chimayo inventa en sus cuentos”
y era cierto
y les brillaba el verde en la piel
tan fuerte
tan profundo
tan de sí mismo
como el de una esmeralda
hecha fruto

yo me los comía vacíos



yo conocí el paraíso
en aquel huerto
que llamábamos El Solar

después me preguntaba ¿por qué
un nombre sin nombre
un nombre tan vago
para un lugar tan hermoso?


yo crecí con los arboles
yo despacio
ellos ligero
hay una foto mía con ellos
mi cabeza era aún más chica
que las enormes naranjas
y tú siempre pendiente
y nos alcanzabas las más jugosas de todas
y con una navaja le quitabas la cáscara
y la cortabas de forma
que uno exprimiera el jugo con ganas


cómo no recordar los días
cómo no recordar las noches
cuando llegabas cansado
de reparar las cercas
de curar las vacas
de buscar los caminos del agua
para que los animales
tuvieran siempre donde guarecerse
en los días más secos
y nunca te ibas
por ahí
como los otros
sino que te quedabas
leyendo
siempre leyendo
a la luz de una lámpara
devorando página tras página

tú me enseñaste a creer
sin muchas palabras
sin grandes discursos

tu ejemplo
bastó y sobraba
por eso hoy
hasta Dios
a veces
me sobra y me basta
porque me enseñaste
cómo se planta un árbol
cómo se levanta una casa
cómo se sostiene una familia
cómo se quieren los hijos
y se lucha para que sobresalgan

y cómo
sin grandes hazañas
un poco hoy
y otro poco mañana
se transforma el mundo
sin recurrir a las armas


qué habría sido de mí
débil como era
inocente como era
ciego de todo saber
sordo de toda luz
si no te hubiese tenido
padre
por la mañana
para desanudar el alba
y por la noche
para anudarla


qué hubiera sido de mí
niño como era
temprana carne liviana
frente al río de las aguas bravas
ante la imprevisible arena
si no hubiese tenido en ti
el brazo fuerte
que no fallaba
y la confianza
la fuerza interior
la seguridad
que tú me dabas


qué habría sido de mí
si una mañana no te encontrara
padre
quién me habría dicho entonces
cuál era la estrella
que yo buscaba


que Dios te bendiga
padre
que te renueve fuerzas
que te dé el vigor aquél
que te sobraba
cuando yo era niño
y conmigo jugabas


que Dios te prolongue
padre
hasta que tú lo quieras
la vida
que te la prolongue buena
que te la prolongue alegre
que te la convierta en fiesta
porque te lo mereces

te mereces también
la gloria
aquí en la tierra
para que disfrutes
la sangre nueva
de toda la descendencia
en que te proyectas



dónde está
la sombra más amplia
de dónde bajan las mejores aguas
las más puras
las más claras
dónde el frío no cala
ni en las más duras madrugadas
dónde el verano se aquieta
y el calor se apaga
y renuevan las fuentes
los caminos del agua
dónde es que no llega la peste mala
y corren libres los niños
con plena confianza
y suben los cerros
bajan las verduras
de la tupida montaña
dónde es que uno está
como en las riberas de un río
de cristalinas aguas
y soplan los vientos
los íntimos vientos del alma
dónde es que más cantan los pájaros
y ríen los niños
y danzan las aguas
y trinan los aires
y silban los árboles
y dan sus frutos con más ganas
solamente a tu lado
padre
abuelo del alma


octubre - diciembre, 1998

miércoles, 4 de marzo de 2009

PENSAMIENTO LIBRE (6)

¿TIENE FORMA EL PATRIOTISMO?
Jorge Luis Oviedo

En las culturas antiguas las deidades tenían siempre forma de animal; por lo general aquellos muy temidos o que prestaban (prestan incluso hoy) algún adecuado servicio. Serpientes, felinos, reptiles con alas o sin alas son frecuentes entre las formas de las divinidades.
Entre nosotros, esto es, en las culturas amerindias encontramos la serpiente emplumada y, reiteradamente, al jaguar, además de los astros (sol y luna, en especial) y de el maíz, en el caso de los mayas; de donde proviene el ser humano creado por el Corazón del cielo en el tercer intento, tras dos fallidos ensayos con barro y madera que las aguas y el fuego destruyeron.
La patria, sin embargo, es otro asunto, no es una deidad, es una identidad surgida del territorio, los amigos, las costumbres y los ideales y logros colectivos. El patriotismo, por tanto, es la expresión de esos sentimientos que identifican al individuo con una colectividad que solemos designar como nación.
En Honduras, sin embargo, el patriotismo (por extensión la patria) posee la forma de un balón de fútbol, nada mueve tanto a los hondureños a identificarse con los colores de su bandera y con su país como los partidos oficiales de la Selección Nacional de fútbol. Llega el día de la Bandera Nacional y muchas de las autoridades principales del país no aparecen en los eventos que honran este símbolo patrio.
El 15 de septiembre, fecha consagrada a la independencia, muchos asisten a ver las palillonas que son parte (para los voyeristas la principal) del espectáculo; pero no se ve durante el mes de la patria tantas banderas en los automóviles, como cuando tiene compromiso la Selección Nacional de fútbol.
A Salvador Moncada se lo ha distinguido, sobre todo en Europa, con varios premios importantes, por sus aportes en el ámbito de la salud, pero como la cobertura y difusión a través de los medios electrónicos (masivos) e impresos de comunicación es escasa, sin primeras planas y grande desplegados como los de los accidentes de tránsito o los de la criminalidad) para la mayoría de la población dichos reconocimientos han pasado inadvertidos.
El Hondureño, al no tener mucho que celebrar; porque el sentido de pertenencia y el orgullo de sentirse parte de algo es una consecuencia de los logros que la nación obtiene en colectivo o a través de sus miembros en forma individual: descubriendo, inventando, produciendo, destacando en los deportes, ¿por qué no? se incomoda con el mexicano que grita orgulloso: “Viva México” o con el argentino que se vanagloria por ser de aquel país.
No es que no se tenga en Honduras y, por extensión, en Centro América, más cosas que las que proporciona el fútbol; es, porque, en gran medida desde los medios de comunicación masiva unos pocos señores han definido la idiosincrasia del hondureño y le han dado al patriotismo la forma de un balón de fútbol.
Tienen que venir al país extranjeros orgullosos de su origen, identificados con todos los elementos que contribuyen a la forja del patriotismo: arte, inventos, deporte, producción, adecuado nivel de vida, etc. a destacar a nuestros héroes o próceres de las demás actividades del país, porque para la mercadotecnia y los intereses de unos cuentos adelantados, solamente el fútbol vende, el fútbol entretiene, el fútbol adormece y actúa como el mejor pan y circo de cada día para los miles de hondureños faltos de orgullo patrio.
En Honduras, pues, como las deidades antiguas de otras culturas o de las de nuestros ancestros, que tenían formas de animales, de mazorca de maíz, de astros celeste, nuestra única y mejor conocida deidad que identifica la patria, tiene la forma de un balón de fútbol.
El patriotismo hondureño, señores, es redondo y rueda de mil amores a toda prisa y le van dando de patadas los nuestros y los contrarios, por eso nuestros empresarios más prominentes asisten a los enfrentamientos futbolísticos, pero no a las presentaciones de libros (solamente Rafael Heliodoro Valle publicó más de 80 y Longino Becerra que aún vive ha editado más de 20 títulos propios) ni a conferencias magistrales dictadas por hondureños; y por eso están, preocupados por la poca afición que últimamente llega a los estadios y por alguna violencia que allí se manifiesta. ¿Será que el patriotismo hondureño está por cambiar de forma?

martes, 3 de marzo de 2009

UN POEMA DE JACOBO CARCAMO*

CANTO A UN PUEBLO Y A UN HOMBRE
Caiga mi verso como un riel...
Suene mi verso como un riel...
Quiero cantar a Méjico -pedazo de mi PATRIA-
Las fronteras se hunden en el mar de la unión;
Arriba solo brillan las olas de los hombres
Y las espumas de la Revolución.

No hay vendaval que borre mi amor por ese pueblo...
Pueblo alegre y altivo, pueblo valiente y fiero
Que derramo su sangre con Zapata
Y levantó su grito con Madero.

Al fin el peón ha visto el fruto de sus luchas...
El absentismo ha huido como nube de lodo...
Cayó el terrateniente,
Regose el capital,
Y el pan que ayer fue de unos, hoy es el pan de todos.

Gloria al líder de antes... Gloria al patriota de hoy
Que defendió a los pobres con su voz de huracán
Sobre las tierras de la Laguna
Y bajo el cielo de Yucatán.

Lázaro Cárdenas,
Lázaro que has vivido levantado
Lanzando tú grito cárdeno
En favor del proletariado.

Defendiendo a tus camaradas
Contra el extranjero azote,
Las palabras fueron estrellas
Bajo la noche de tu bigote.

"Hasta aquí no más," dijiste,
Y tus manos cayeron certeras
Sobre las agencias de ferrocarriles
Y sobre las compañías petroleras.

Así en el yunque de los explotadores
Has ido con tu martillo leal
Esparciendo las chispearías
Del vasto Plan Sexenal.

¡Lázaro Cárdenas,
Lanza de Lanzadas redentoras...!
¡Lázaro Cárdenas,
Carne de la carne trabajadora!

JACOBO CARCAMO: Nació en El Arenal, Yoro, el 28 de noviembre de 1916. Murió el día domingo 3 de agosto de 1959, en México.

martes, 24 de febrero de 2009

PENSAMIENTO LIBRE (5)

EL MITO DE LOS HEROES
Jorge Luis Oviedo


Los héroes, aunque no son una invención moderna ( La modernidad es una manifestación de lo que bien puede denominarse presente histórico, ni pertenece al pasado ni al futuro, sino a lo actual en un momento determinado. Homero fue moderno en su momento, como lo sería Quevedo en el suyo muchos siglos después.) o dicho de otro modo, de la época actual, se han modificado en el transcurso de los siglos; y se manifiesta en ellos, en lo que representan para el imaginario popular, el predominio de una conciencia mítica, la cual subsiste aún ( pese a la existencia paralela de la actual revolución telemática) como sustento de la animación colectiva.
Si uno revisa las diversas culturas de la antigüedad descubre en ellas un amplio repertorio de seres imaginarios (Borges escribió un libro con ese título y describe, con su estilo, aquellos que, sin duda le resultaban más atractivos a su imaginación) y un extenso universo de mitos en torno a cada uno de ellos. Encarnan, en su conjunto, una necesidad existencial del ser humano: sustentarse en algo, en alguien. Darle validez a su pasado para encontrarle razón de ser (quizás) a su presente; y mejores posibilidades a su futuro.
Una posición simplista procedente de un razonamiento elemental, primario que justifica a los muchos (hombre masa, ciudadano común o individuo promedio) su lugar en la naturaleza.
Los mitos son, como muy bien se sabe, al germen de las religiones. Y las religiones, aunque desembocan en un conjunto normativo ético, se suelen sustentar, en gran medida, gracias al predominio de una conciencia mítica del hombre común, que prefiere, por comodidad probablemente, no cuestionar las raíces de sus creencias.
El desarrollo de las ciencias naturales, de la física, la química, etc.; así como el surgimiento de la sicología, entre otras disciplinas científicas han permitido a la élite intelectual de la humanidad desnudar los dogmas religiosos y explicarlos, con razonamientos, unos, y pruebas contundentes, otros.
Pero dichas explicaciones en vez de producir entusiasmo y curiosidad por verdades nuevas provocan desencanto, porque el mundo real no es, a menudo, atractivo, sino todo lo contrario, un escenario que no da espacio a la imaginación, a la esperanza, a la posibilidad insatisfecha que despierta una verdad no probada, como los dogmas religiosos.
De ahí que tanto la religión como el mito siguen enraizados en la mayoría de los seres humanos; y , precisamente, el héroe, el prócer, los patriotas, con el paso del tiempo se tornan míticos.
Por mucho que se esfuerce el historiador (antagonista de la verdad oficial y la memoria perpetuada de la colectividad) por dar la visión (yo no diría objetiva) lo más humana posible, el héroe gozará de la misma (o similar) perfección de los dioses.
Existe, en verdad, por qué ponerlo en duda, un Olimpo, una gloria, un cielo de los héroes: la memoria popular. Esta es un consenso, una suerte de seguridad anónima, efectiva por lo demás, de asegurar las bases de un devenir siempre incierto; porque los hombres, los seres humanos digo, somos pasado, tiempo muerto. Todo futuro es esperanza, promesa, es decir, un intangible, algo que puede imaginarse pero no atraparse en la memoria; porque el pasado es, efectivamente eso, memoria.
En realidad no debemos decir “yo soy el que soy”, porque tal afirmación es falsa. “Yo soy el que fui” es lo verdadero, lo real, lo perceptible, lo juzgable. Por ejemplo, no se puede juzgar al criminal por lo que hará, sino por lo que hizo.
De ahí que cuando transcurre cierto tiempo, sobre todo el necesario para que no quede ningún contemporáneo del héroe, este pasa del humano purgatorio de los mortales, a la gloria infalible de los dioses. Gana la neutralidad, es decir, una suerte de inmunidad eterna; porque llega a ser aceptado por personas de todas las tendencias.
Ello no es otra cosa que la glorificación del pasado, del ser que quisimos ser, no del que aspiramos, porque el futuro, como la propia conciencia mítica que sustenta al héroe, es una ilusión.
Aunque el mito como tal puede desmitificarse a largo plazo por parte de quienes hacen ciencia, el héroe no. Todo lo que se diga de él entrará en eso que los católicos denominan herejía. Así, el héroe en el imaginario popular estará, entre más distante en el tiempo, más cercano a los dioses, más perfecto; y se tornará el convocado inevitable, el invitado perfecto, cuando fallan los dirigentes gremiales, los gobernantes de turno, o cuando los políticos de oposición se venden al mejor postor: “Si el héroe viviera”. “El héroe se está revolcando en la tumba”. “Cuando tendremos otro como el héroe para que nos saque de esta miseria...”, son algunas de las tantas expresiones que uno escucha en momentos de dificultad.
La vejez provoca la buena salud del héroe. Entre más viejo más enraizado en la memoria popular.
Mas tiene, el héroe, en esa instancia un problema grande: volverse mito absoluto, es decir, una creencia sobrenatural.
Aquí no es el pueblo quien los salva de la muerte, sino los historiadores.
Los últimos le devuelven la necesaria terrenalidad de los mortales y así el héroe baja del Olimpo y deambula con los humanos, como Cristo, pero sin mezclarse en sus mezquindades. Ya es inmune. Es el único que pudo ser mejor.
Entre nosotros Morazán goza de esta suerte. Lo defienden con pasión hasta los curas, a cuyos colegas, en su momento, persiguió porque se oponían a las transformaciones que él quiso impulsar en su época.
Pero la ganancia de Morazán estuvo, sin duda, en su derrota final. No me refiero a las batallas, numerosas además, que ganó con genialidad, sino a la incapacidad de mantener unida Centroamérica.
Su macro proyecto: sostener la unidad de la región, fracasó.
Su apuesta histórica, sin embargo, la que todos sus detractores contemporáneos quisieron derrotar también, salió triunfante.
Probablemente esto se debe a qué, como ya otros habrán dicho, aunque lo ignoro pese a la globalización, nuestro Olimpo se nutre de los grandes fracasos, más que de los triunfos.
Hay quienes consideran que Morazán fue un fracasado, porque no logró mantener viva la Federación. Algo similar podría decirse de Valle , quien no vio cumplidos sus dos grandes deseos vitales: el primero, marcharse a España para que se reconociera allá, mejor que en ciudad Guatemala, su talento y sus inquietudes intelectuales; el segundo, cuando no logró convertirse en el primer presidente de Centroamérica.
Sin embargo, Morazán es nuestro Moisés y Valle nuestro Cristo, ambos han pasado ya la prueba del tiempo y gozan del beneficio de la fuerza del pasado. Son la raíz, la savia más profunda, la vida que no cesa, nuestro principio de eternidad, el big bang de nuestra historia.
Y es que el héroe representa la rebeldía natural del ser humano, su deseo permanente de rebelión que le brota desde dentro como la lava de los volcanes desde el fondo de la tierra. Ya los griegos, por ejemplo, plasmaron esto muy bien en sus tragedias. Allí los mortales se rebelan contra el prefijado destino determinado por los dioses; la lucha es valerosa, pero estéril. Magnifica, sin embargo, la voluntad del hombre, su persistencia, más no su capacidad de transformar a una voluntad mayor: la de los dioses.
En cambio aquellos que aceptan su destino sin oposición, aquellos que no intentan nada para cambiar el orden establecido ¿quién querría recordarlos?
No pasa así con Bolívar o Morazán, los menciono como ejemplos, que quisieron transformar una sociedad forjada a lo largo de trescientos años. Ciertamente, desafiaron el orden imperante, lo hicieron tambalearse, aunque finalmente fracasaron; pero como fue su lucha heroica, despiertan en nosotros el deseo de grandeza, la más honda preocupación humana: vencer a los dioses, el destino prefijado de los dioses, que no es otro que el orden social imperante y establecido a través de muchas generaciones.

LIBRE OPINION

EL MITO DE LOS HEROES
Jorge Luis Oviedo


Los héroes, aunque no son una invención moderna ( La modernidad es una manifestación de lo que bien puede denominarse presente histórico, ni pertenece al pasado ni al futuro, sino a lo actual en un momento determinado. Homero fue moderno en su momento, como lo sería Quevedo en el suyo muchos siglos después.) o dicho de otro modo, de la época actual, se han modificado en el transcurso de los siglos; y se manifiesta en ellos, en lo que representan para el imaginario popular, el predominio de una conciencia mítica, la cual subsiste aún ( pese a la existencia paralela de la actual revolución telemática) como sustento de la animación colectiva.
Si uno revisa las diversas culturas de la antigüedad descubre en ellas un amplio repertorio de seres imaginarios (Borges escribió un libro con ese título y describe, con su estilo, aquellos que, sin duda le resultaban más atractivos a su imaginación) y un extenso universo de mitos en torno a cada uno de ellos. Encarnan, en su conjunto, una necesidad existencial del ser humano: sustentarse en algo, en alguien. Darle validez a su pasado para encontrarle razón de ser (quizás) a su presente; y mejores posibilidades a su futuro.
Una posición simplista procedente de un razonamiento elemental, primario que justifica a los muchos (hombre masa, ciudadano común o individuo promedio) su lugar en la naturaleza.
Los mitos son, como muy bien se sabe, al germen de las religiones. Y las religiones, aunque desembocan en un conjunto normativo ético, se suelen sustentar, en gran medida, gracias al predominio de una conciencia mítica del hombre común, que prefiere, por comodidad probablemente, no cuestionar las raíces de sus creencias.
El desarrollo de las ciencias naturales, de la física, la química, etc.; así como el surgimiento de la sicología, entre otras disciplinas científicas han permitido a la élite intelectual de la humanidad desnudar los dogmas religiosos y explicarlos, con razonamientos, unos, y pruebas contundentes, otros.
Pero dichas explicaciones en vez de producir entusiasmo y curiosidad por verdades nuevas provocan desencanto, porque el mundo real no es, a menudo, atractivo, sino todo lo contrario, un escenario que no da espacio a la imaginación, a la esperanza, a la posibilidad insatisfecha que despierta una verdad no probada, como los dogmas religiosos.
De ahí que tanto la religión como el mito siguen enraizados en la mayoría de los seres humanos; y , precisamente, el héroe, el prócer, los patriotas, con el paso del tiempo se tornan míticos.
Por mucho que se esfuerce el historiador (antagonista de la verdad oficial y la memoria perpetuada de la colectividad) por dar la visión (yo no diría objetiva) lo más humana posible, el héroe gozará de la misma (o similar) perfección de los dioses.
Existe, en verdad, por qué ponerlo en duda, un Olimpo, una gloria, un cielo de los héroes: la memoria popular. Esta es un consenso, una suerte de seguridad anónima, efectiva por lo demás, de asegurar las bases de un devenir siempre incierto; porque los hombres, los seres humanos digo, somos pasado, tiempo muerto. Todo futuro es esperanza, promesa, es decir, un intangible, algo que puede imaginarse pero no atraparse en la memoria; porque el pasado es, efectivamente eso, memoria.
En realidad no debemos decir “yo soy el que soy”, porque tal afirmación es falsa. “Yo soy el que fui” es lo verdadero, lo real, lo perceptible, lo juzgable. Por ejemplo, no se puede juzgar al criminal por lo que hará, sino por lo que hizo.
De ahí que cuando transcurre cierto tiempo, sobre todo el necesario para que no quede ningún contemporáneo del héroe, este pasa del humano purgatorio de los mortales, a la gloria infalible de los dioses. Gana la neutralidad, es decir, una suerte de inmunidad eterna; porque llega a ser aceptado por personas de todas las tendencias.
Ello no es otra cosa que la glorificación del pasado, del ser que quisimos ser, no del que aspiramos, porque el futuro, como la propia conciencia mítica que sustenta al héroe, es una ilusión.
Aunque el mito como tal puede desmitificarse a largo plazo por parte de quienes hacen ciencia, el héroe no. Todo lo que se diga de él entrará en eso que los católicos denominan herejía. Así, el héroe en el imaginario popular estará, entre más distante en el tiempo, más cercano a los dioses, más perfecto; y se tornará el convocado inevitable, el invitado perfecto, cuando fallan los dirigentes gremiales, los gobernantes de turno, o cuando los políticos de oposición se venden al mejor postor: “Si el héroe viviera”. “El héroe se está revolcando en la tumba”. “Cuando tendremos otro como el héroe para que nos saque de esta miseria...”, son algunas de las tantas expresiones que uno escucha en momentos de dificultad.
La vejez provoca la buena salud del héroe. Entre más viejo más enraizado en la memoria popular.
Mas tiene, el héroe, en esa instancia un problema grande: volverse mito absoluto, es decir, una creencia sobrenatural.
Aquí no es el pueblo quien los salva de la muerte, sino los historiadores.
Los últimos le devuelven la necesaria terrenalidad de los mortales y así el héroe baja del Olimpo y deambula con los humanos, como Cristo, pero sin mezclarse en sus mezquindades. Ya es inmune. Es el único que pudo ser mejor.
Entre nosotros Morazán goza de esta suerte. Lo defienden con pasión hasta los curas, a cuyos colegas, en su momento, persiguió porque se oponían a las transformaciones que él quiso impulsar en su época.
Pero la ganancia de Morazán estuvo, sin duda, en su derrota final. No me refiero a las batallas, numerosas además, que ganó con genialidad, sino a la incapacidad de mantener unida Centroamérica.
Su macro proyecto: sostener la unidad de la región, fracasó.
Su apuesta histórica, sin embargo, la que todos sus detractores contemporáneos quisieron derrotar también, salió triunfante.
Probablemente esto se debe a qué, como ya otros habrán dicho, aunque lo ignoro pese a la globalización, nuestro Olimpo se nutre de los grandes fracasos, más que de los triunfos.
Hay quienes consideran que Morazán fue un fracasado, porque no logró mantener viva la Federación. Algo similar podría decirse de Valle , quien no vio cumplidos sus dos grandes deseos vitales: el primero, marcharse a España para que se reconociera allá, mejor que en ciudad Guatemala, su talento y sus inquietudes intelectuales; el segundo, cuando no logró convertirse en el primer presidente de Centroamérica.
Sin embargo, Morazán es nuestro Moisés y Valle nuestro Cristo, ambos han pasado ya la prueba del tiempo y gozan del beneficio de la fuerza del pasado. Son la raíz, la savia más profunda, la vida que no cesa, nuestro principio de eternidad, el big bang de nuestra historia.
Y es que el héroe representa la rebeldía natural del ser humano, su deseo permanente de rebelión que le brota desde dentro como la lava de los volcanes desde el fondo de la tierra. Ya los griegos, por ejemplo, plasmaron esto muy bien en sus tragedias. Allí los mortales se rebelan contra el prefijado destino determinado por los dioses; la lucha es valerosa, pero estéril. Magnifica, sin embargo, la voluntad del hombre, su persistencia, más no su capacidad de transformar a una voluntad mayor: la de los dioses.
En cambio aquellos que aceptan su destino sin oposición, aquellos que no intentan nada para cambiar el orden establecido ¿quién querría recordarlos?
No pasa así con Bolívar o Morazán, los menciono como ejemplos, que quisieron transformar una sociedad forjada a lo largo de trescientos años. Ciertamente, desafiaron el orden imperante, lo hicieron tambalearse, aunque finalmente fracasaron; pero como fue su lucha heroica, despiertan en nosotros el deseo de grandeza, la más honda preocupación humana: vencer a los dioses, el destino prefijado de los dioses, que no es otro que el orden social imperante y establecido a través de muchas generaciones.